Deseo y adolescencia

Conversaba no hace mucho con una colega joven, psicóloga y psicoanalista, sobre un tratamiento seguido con un adolescente en el que , a su decir, no se respetaba el deseo, palabra mayúscula en estos contextos, de muchacho. Tremenda y supina muestra del despiste generalizado que afecta a buena parte de la población en los tiempos que corren y que afecta, incluso, a quien por razón de oficio debiera estar avisado sobre estos menesteres.
En primer lugar se me viene a la cabeza la distinción entre tres verbos distintos, querer, apetecer y desear.
Simplificando bastante la cosa, con los riesgos que ello implica, querermos lo que creemos desear, es algo del orden del amor, de la relación entre lo imaginario y lo simbólico. Por eso es tan frecuente que obtengamos resultados diferentes a los que pensábamos querer. El deseo es inconsciente y sólo un adecuado trabajo sobre el mismo permite no caer en las trampas de lo anterior. El apetecer a menudo tiene que ver con la pulsión de muerte, con el abandonarse al puro goce de la repetición o del dolce fare niente y, con frecuencia está en las antípodas del deseo.
Lacán decía que el deseo es efecto de la interpretación sobre la demanda. Es más, propone, como salida de análisis, la producción de un deseo decidido. No es poca cosa. Menos en los tiempos que corren en los que lo predominante son los goces decididos, es decir, la confusión casi absoluta entre lo que nos apetece, es decir la creencia y legitimación de que aquello que circunstancialmente nos puede apetecer es lo que queremos. Eso, en un adolescente es mucho más flgrante todavía. Includo neurológicamente sus lóbulos prefrontales estan acabando de formarse.
Y aquí viene la segunda parte de la cuestión, los niños y adolescentes a nuestro cargo no están en condiciones de desear, aún no lo están. Necesitan del deseo de los padres como una especie de prótesis frente a la que ir articulando un deseo propio, a veces para seguir los modelos e indicaciones, muchas otras para reb/velarse frente a ese deseo, ahora bien cuando los padre no desean y, en particular, cuando no lo hacen para sus hijos, estos se quedan sumidos en el caos o en la pura alienación que les presenta el sistema de propaganda.
Me contaba la directora de la guardería a la que llevé a mis hijos lo a menudo que los padres decían que lo que querían para sus hijos es que fueran felices. !Coño claro! Pero luego tendrás que desear que sea médico o fontanero para que él decida ser saxofonista.
Mi colega decía que esto podía ser cruel. Lo cruel es inhibirse y dejar a los hijos no ya huérfanos, sino de padre desconocido, unos hijos de puta, vamos.
Arturo Alcaine Camón
http://www.arturoalcaine.com

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Acerca de arturoalcaine

Psicólogo Clínico Psicoanalista
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