Las putas y sus hijos

Decía mi tío José Poblador (El Blanco, para los que son de Caspe), y de quien guardo un recuerdo muy cariñoso, porque él lo era conmigo y eso de crío te importa y mucho, decía, digo, aun antes de que tuviera la Citroën y cuando iba con el camión y era vecino de mi abuela, su prima hermana, que una cosa son los mecánicos y otra los “cambiapiezas”, estas enseñanzas de la infancia se te quedan grabadas para siempre cuando vienen de personas queridas y a quienes, en ese momento tomas, porque lo permiten, como referentes. Te marcan, de algún modo.
Soy psicólogo y cuento con la especialidad, además, de clínica, esta autorización me viene reconocida por el ministerio, llevo ejerciendo casi 34 años y creo tener cierta pericia, y prestigio, con los colegas en Zaragoza, sobre todo en las tareas de diagnóstico. Siempre he pensado que sin un buen diagnóstico es imposible plantear un buen tratamiento, una cura adecuada. Pasé muchas horas, además, cuando era estudiante, en el manicomio que había al otro lado de las vías del tren, frente a mi casa. En algún sitio ironizaba con eso de que “vi-vía frente al manicomio”.
Pues bien, un poco al hilo de la entrada anterior pero no sólo, me gustaría revelar uno de los secretos más importantes que he aprendido en este oficio y que me han ayudado a una praxis creo que digna en todos estos años. No creo que exista un Dios, pero, de existir, lo que tengo bien seguro es que no se llama Dios Alcaine.
Podría citar más de una ocasión en que me he sentido confundido ante lo que me contaba un paciente, recuerdo, hace ya bastantes años, y por poner un ejemplo, una paciente que hablaba y actuaba como una histérica, tras unas entrevistas decidí asegurar la cosa y aplicarle el psicodiagnóstico de Rorschach y dio un perfil de histeria de manual y sin embargo… Algunas ideas paranoicas, un tufillo raro… No me encajaba bien la cosa y no podía especificar claramente por qué. Se la remití al Dr. Salvanés, jefe de psiquiatría del Servet en aquellos momentos y con quien colaboraba eventualmente y que, además, tenía la consulta muy cerca de la mía. Por la noche me llamó diciendo… “joder, Arturo, es una psicosis esquizoafectiva”… “Pero los síntomas y los resultados en el Rorschach…”, “Sí, pero a veces se presentan así, es muy raro que lleguen a las consultas privadas de psicología o a los manicomios, pero en los ambulatorios vemos algún que otro caso con ese aspecto”.
Lección aprendida. Posteriormente, y aquí en Lloret, me llegó un caso muy similar… Venía diagnosticada, como no, de bipolar… Está de moda.
Vox populi vox Dei, dicen, quienes nos dedicamos a este oficio, unos de una manera, otros de otra estamos, más o menos, como las maracas de Machín. Por lo menos uno que yo me sé. Mi recorrido fue el de otros, en el mejor de los casos, primero estudiar la carrera, luego como no has aprendido “el truco”, para empezar porque no lo hay, te pasas unas buenas temporadas en el diván. De algunas cosas te curas y de otras aprendes a ir curándote. En castellano la palabra cura tiene un sentido de meta, de fin, en catalán conserva aún el sentido latino original, cuidar. Es decir cuidarte de tu propia locura y, quizá lo que es tan o más importante que lo anterior, cuidar de tu propia locura, que lo de acabar siendo un normópata tampoco es plan.
A estas alturas estoy bastante seguro que lo que en el psicoanálisis hay de repugnante no tiene tanto que ver con la sexualidad, en estos tiempos el libertinaje es casi lo normal, sino con la idea insoportable para nuestro amor propio, de que una mayoría de las cosas que decidimos o que nos pasan, están determinadas inconscientemente. Eso que en un mecánico, por decir algo, es una putadica, en alguien que se ocupa de la cura del malestar psíquico de otras personas acaba siendo un putadón, porque va a condicionar gravemente nuestra praxis y nos puede llevar a intervenciones tan irresponsables e incluso criminales como las que narraba en el artículo anterior.. He de decir que si entre algún colectivo he encontrado resistencias y hasta un odio de corte paranoico contra el psicoanálisis es entre algunos de mis propios colegas que actúan desde una posición perversa. “La ley es para todos, pero no es mi caso”. Y de ahí en adelante usar de las personas a su cargo como objetos de goce para sus más bajas pasiones y pulsiones.
Limitarnos a aplicar el protocolo, que ya sabemos que puede ser manipulado mediante el uso selectivo y torticero de los datos para que nos conduzca a una intervención que ya se estaba buscando inconscientemente y que se acomoda a nuestros aspectos más viles, es una forma de que te paguen por gozar, pero en esto son mucho más honestas y limpias las putas que ciertos colegas.
Arturo Alcaine Camón
http://www.arturoalcaine.com

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Acerca de arturoalcaine

Psicólogo Clínico Psicoanalista
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Una respuesta a Las putas y sus hijos

  1. José Pérez Arbonés dijo:

    Te envío un correo electrónico a la dirección de contacto del blog.
    Un saludo

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