Gongorrinos (¿Pacha boca?)

Cuando era estudiante, en Barcelona, solía comer, con los compañeros de piso, en un bar de comidas que había en la esquina de Valencia con Castillejos. Nos sentábamos a menudo con dos chicos, médicos, que estaban acabando la especialidad de dientes. El camarero nos interrumpía con frecuencia con consultas de lo más peregrino, recuerdo un día en que vino quejándose de un dolor de muelas y nuestros comensales lo miraron, luego lo hicieron entre ellos con cara de preocupación y uno emitió el veredicto, eso son “algias dentales”. El camarero, más tranquilo, continuó sirviendo y retirando platos y nosotros, aguantando la risa, pudimos acabar de comer.

Los médicos llevan siglos de práctica en hacer de la suya una profesión sacerdotal. Se calzan el alba, la bata blanca, se ponen el fonendoscopio como si fuera la estola, y empiezan a decir cosas extrañas de raíz griega o latina, a mí me suelen entrar ganas de rezar. Los psicólogos hemos llegado un poco tarde pero nos vamos espabilando.

Montar un léxico propio, jerga, slang, una germanía, hace a los grupos, de tal manera que, a su vez, produce la exclusión de quienes no están en la pomada. Hace unas semanas una analizante que está en la coyuntura de integrarse en un club lacaniano me soltó una parrafada en lacanés canónico, que yo vertí al castellano vulgar para su asombro y que, dicho así, sonaba ligeramente obsceno y soez. Como, además, es una chica lista, vino a contestar algo así como “hombre, dicho así… pero para eso te pago”.

Hablaba antes de la función sacerdotal que habían ido tomando los médicos, cupiera recordar que sacer, como tabú, son términos, ya lo señalaba hace ahora casi un siglo Freud, que aluden a lo sublime y a lo execrable. Los términos de la jerga clínica a menudo sirven para limitar el acceso a según que goces al común de los mortales dejándolos resevados para los sacerdotes, para las personas consagradas que, supuestamente ¡ja! Han desexualizado la relación con ciertos objetos… como si ello fuera posible.

El problema con lo, y los, “psiloquesea” es que atendemos a malestares que implican a la moral, si por ello entendemos los prejuicios acerca de lo bueno y lo malo de un determinado colectivo y no hay manera de que no acaben convirtiéndose en insultos o en términos cargados de mucha más significación que la puramente denotativa. Dicho esto es una tarea recursiva ad infinitum el ir buscando nuevos vocablos porque sea como fuere acabaremos produciendo más goce mortífero y, además, dejaremos de entender, a fin de cuentas se trataba de eso, lo que nos cuenten nuestros pacientes.

No hace tanto una paciente que estaba muy jodida y muy afectada también por la crisis, sin un duro quiero decir, cuando le planteé unos honorarios simbólicos, dijo que no podía aceptar la caridad de nadie. Por supuesto que eso está muy directamente relacionado con su enfermedad, caridad significa amor, ni mas ni menos, y para según que patologías el amor es amenazador, y mucho. Por supuesto se lo interpreté.

Histérica, maníaco, obseso, idiota, imbecil, frígida, subnormal etc. son palabras que han corrido con ese destino, p. e. Se ha llegado a extremos tan chuscos que se han eliminado y substituido por otras haciéndose un progreso notable. Ya no le llamaran a usted histérica/o es decir, que tiene furor uterino más o menos reprimido, le dirán que tiene personalidad histriónica, o sea, usted se va más contento cuando el facultativo le dice que es un payaso/a.

La tan traída y llevada empatía viene a ser lo mismo, o muy parecido, a la mucho más vieja compasión, es decir la capacidad para entender el pathos que afecta al otro. Otro tanto puede decirse de narcisismo y amor propio. Que el sueño sea una realización de deseos no llegó con el psicoanálisis, los más viejos de mi pueblo ya sabían eso de que “quien tiene hambre con pan sueña”.

Decía Bion que parte del trabajo del analista es devolver digeridos al analizante aquellos contenidos que para éste son inasimilables. Lacan, por otro camino, nos indica que prestemos atención al eje de la significación y no solo al del significado. No son cosas tan ajenas sino, más bien, complementarias y coherentes entre si. La neurosis no deja de ser un dialecto familiar en cierto sentido, un dialecto que propicia el malentendido de ese sujeto cuando se pone a hablar la lengua vulgar, no deja de ser curioso el giro de esta palabra que, entimológicamente significa popular (de volk, pueblo). El buen neurótico se malentiende hasta consigo mismo. Los dialectos familiares son los dialectos que vehiculizan el goce incestuoso, lo unheimlich. Generar nuevos léxicos puede ser necesario para referirse a nuevos conceptos, pero primero habrá que ver qué tan de nuevos tienen y si no estamos produciendo una jerga familar e incestuosa (otra vez) que, a la larga o a la corta, no haga sino perpetuarnos en nuestra neurosis. Y de rebote a nuestros pacientes en las suyas.

www.arturoalcaine.com

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Psicólogo Clínico Psicoanalista
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