Psicoterapia y homosexualidad

Me proponían hace unos días anunciarme en un portal de internet que ofrecía diversos servicios para homosexuales, entre ellos psicoterapia, con el supuesto de que las empresas o sevicios profesionales ahí anunciados no eran hostiles hacia ese colectivo. Reconozco que en primera instancia la cosa me tentó pero, pronto, pensé que se trataba de una propuesta poco seria.

No tengo ningún prejuicio homófobo, alguna de las personas que más aprecio, tanto personal como profesionalmente, son homosexuales, una de las mejores amigas que he tenido era lesbiana y, tras mas de 30 años de ejercicio, he atendido en consulta a personas de orientación sexual diversa, sin embargo, y para empezar, el mismo término generalizante de “la homosexualidad” o “los homosexuales” me parece en sí mismo represivo y marginador.

La sexualidad humana padece, o goza, de unas funciones y condicionantes que van mucho más allá de lo que es la procreación, no existe sociedad alguna que no regule, de una manera u otra, las relaciones sexuales. Así mismo la constitución del aparato psíquico humano, el mismo ingreso en la cultura y en el lenguaje tienen que ver con el atravesamiento, de cada uno de nosotros, y, lo que es más, de nuestros progenitores, de eso que Freud representó a través del antiguo mito de Edipo.

Aun cuando me considero un enamorado de la biología y de la historia (son las dos ciencias auxiliares que me articulan con la psicología y el psicoanálisis) entiendo que la sexualidad, en nuestra especie sirviendo al fin de la replicación de los genes, lo hace de un modo muy diferente, complejo y rico, del que lo hace en otras especies animales. Permite que nos organicemos en sistemas sociales complejos y que nuestras “unidades” de convivencia, familias las llamaríamos en un ámbito más restringido y próximo, sean multiformes y algo que responde tanto a las necesidades de crianza de unos cachorros con un largo periodo de desarrollo y socialización, como a unas condiciones soci-económicas que van variando con el tiempo y los avatares históricos.

El precio que pagamos, y cuanto más compleja es la sociedad este tiende a ser mayor, es el de una mayor complejidad de nuestra sexualidad, un mayor alejamiento de cualquier tipo de patrón instintivo, automático, natural, si por natural entendemos que venga predeterminado por los genes o la biología.

Hasta que el cachorro humano llega a la construcción de la sexualidad genital, con la pubertad o la adolescencia, atraviesa estadios evolutivos en los que predominan en su importancia libidinal o económica diferentes zonas erógenas, éstas, además del acerbo atávico que cada uno pueda portar, son estimuladas, más o menos, en función del lugar, familia, tradiciones, etc. en las que se produzca la crianza. Ese proceso de años siempre deja sus secuelas, para bien y para mal; ello implica que a las horas de construirse una identidad sexual adulta el humano lo va a hacer sobre una base, su aparato libidinal, diferente en cada caso, algunas pulsiones y zonas erógenas han podido investirse de una gran relevancia mientras que otras son menos importantes para este sujeto en concreto, además en algunas de ellas esta persona se jugara en un papel predominantemente activo mientras que para otras será más bien pasivo. A esto, sobre todo, se refería Freud cuando hablaba de una bisexualidad estructural. Ahora bien, el gran trabajo de la adolescencia va a ser construirse una identidad sexual adulta, qué y cómo ser un hombre o una mujer y qué y cómo, por lo tanto, ofrecer-se y demandar-le al otro. Reduccionismos como homosexualidad, bisexualidad o incluso heterosexualidad son, como todas las generalizaciones, más que económicas baratas y, a medio y largo plazo, lo barato sale caro. Puestos a hacer algún tipo de simplificación podríamos decir que, en puridad, cualquier relación sexual es heterosexual en la medida en que el otro es, todas las veces, otro sexo, y que la homosexualidad no es sino la ipsatoria, uno mismo con sus fantasías.

Así pues los llamados homosexuales van a encontrarse, en el despliegue de su sexualidad adulta dificultades, análogas a los de cualquier persona, dificultades que vienen derivadas de la diferencia radical entre nuestra sexualidad y la de cualquier otro, hombre o mujer con quien pretendamos relacionarnos.

Otra cosa son, y no es baladí, los prejuicios sociales que sobre cualquiera pesen por haber una religión, en sentido más amplio del término, dominante, y que hacen que quienes no se acomoden a determinados modelos, estándares, queden estigmatizados, agrupados y denigrados bajo la etiqueta que sea, homosexual, maricón, tortillera… tanto nos da. Pero eso, fuera de las dificultades personales que tenga para cada uno y para cada una, tiene un ámbito de resolución diferente del de la psicoterapia y es el de la lucha social. Qué duda cabe que una parte de la resolución de los conflictos que para cada cual tenga el tenérselas que apañar con la sexualidad que le haya tocado en suerte, va a tener que ver con cierta conciencia del mundo en el que le ha tocado vivir y como se utiliza la represión más grosera para someter y explotar a los seres humanos. Los “homosexuales” (desde ahora y por coherencia entre comillas) como cualquier otro, tendrán, tendremos (sea cual sea nuestra orientación sexual predominante), que leer en la historia de las mujeres, cómo se ha venido utilizando de la diferencia sexual como excusa para la explotación del hombre por el hombre. O, mejor dicho, de unos seres humanos por parte de otros.

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Psicólogo Clínico Psicoanalista
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2 respuestas a Psicoterapia y homosexualidad

  1. josep dijo:

    No me acabo de enterar que es lo que quieres decir…

    • Hola Josep, en primer lugar agradecerte tu interés. Quiero decir varias cosas.
      1. Que en buena parte de la gente se dan componentes homosexuales, sin que por ello se manifiesten conductas homosexuales.
      2. Que en las personas en las que se manifiestan conductas homosexuales la variabilidad, respecto de su tipo de personalidad, es tan alta como en el resto de la población. Los hay neuróticos, perversos, psicóticos etc… como en los supuestos heterosexuales.
      3. Que a partir de lo anterior los encuentros y desencuentros con las parejas no difieren demasiado en la población en general. Y, por ende, los trastornos que ello provoca.
      4. Desde los anteriores puntos cualquier etiqueta es para generar segregación. Es, en si misma, perversa.
      Desde un punto de vista conductual no tiene sentido hablar de “personas homosexuales” y si de conductas homosexuales. Desde el psicoanálisis, donde yo pienso la cosa, hay componentes, más o menos en cada cual,de tipo homosexual en casi todo el mundo, lo cual no implica que tengan que ser, como algunoas gays quisieran, reprimidos…
      En cualquier caso la mayoreia de los problemas “propios” de los “homosexuales” suelen ser efecto del estigma social, y no porque sean distintos de los de cualquiera.

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