La gravedad de la ley (Newtown)

No sé si se trata de un Amok, de un esquizofrénico paranoide (parece probable), o ambas cosas. Es trivial. Tras la matanza de Newtown se me ocurren algunas ideas.

No soy partidario de prohibir. El derecho a tener armas, incluidas las de guerra, ha venido siendo casi sagrado en los EEUU casi desde la independencia. Es un país que nació de una revolución protagonizada por el pueblo en armas y a ese mismo pueblo corresponde, antes que a nadie, el derecho a defender sus libertades. Este es un aspecto que siempre he admirado de esa república y quizá otro pelo nos hubiera corrido en Europa si los fascistas de turno se hubieran tenido que pensar en otras coyunturas al respecto. Sin embargo hay cosas que chirrían.

Hace unos seis años estaba cortando unas maderas en el jardín para quemarlas en la chimenea y mi hijo que entonces contaba cuatro encontraba fascinante y divertida el hacha que yo empuñaba, como era de esperar se cabreó bastante cuando se la negué y me dijo que “no era justo”. No me quitó el sueño, tampoco le he dejado las cuchillas de afeitar y si tuviera un arma de fuego tampoco lo haría.

En tiempos trabajé en un centro de reconocimientos para permisos de conducir y de armas. Les aseguro que la inmensa mayoría de los casos de riesgo son detectables con casi absoluta seguridad. Me produce verdadero estupor una sociedad que permite el acceso de psicóticos a armas, sobre todo a armas automáticas. Me da qué pensar.

Por más que algunos izquierdismos o derechismos (permítaseme el “palabro”) se empeñen en negarlo, el hecho es que se dan las enfermedades mentales como la paranoia, la esquizofrenia y la depresión mayor y, además, lo hacen con unos índices de morbilidad relativamente similares en casi todos los países civilizados, con estadísticas quiero decir. Otra cosa es el pronóstico, el curso y la valoración social o moral que se haga de las mismas en función del modelo de sociedad y de la ideología dominante.

Un simple examen psicotécnico hecho con regularidad y rigor prevendría una gran parte de estas tragedias, no todas pero casi, sin embargo no se hace y eso no es ajeno al hecho contingente de que en EEUU se ejecute a deficientes mentales o a psicóticos. Un estado que niega la locura está, así mismo, loco. Alguien dijo que un delincuente es aquel que se permite actos que el estado se reserva como exclusivos para sí. Son dos caras de una misma moneda.

Lo han pagado maestros, una colega y un montón de criaturas que, aún, no tenían culpa alguna; a la sociedad norteamericana le convendría hacer un cierto trabajo psicoterapéutico frente a una manera de entender el mundo basada en la negación maníaca y en el pasaje al acto irreflexivo (psicopático quiero decir) que, a fin de cuentas, siempre acaban pagando quienes menos culpa tienen.

 www.arturoalcaine.com

Acerca de arturoalcaine

Psicólogo Clínico Psicoanalista
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