Psicoanálisis, más o menos asilvestrado, y vida cotidiana

Hace años un alumno, psiquiatra y muyyyyyyyyyyyy obsesivico, del curso sobre Rorschach que vengo impartiendo en Quidem, me decía, a tenor de no sé qué llamada de atención que les hacía sobre algún indicador clínico, que si no tenía pruebas estadísticas no lo podía decir. Me lo quedé mirando a los ojos y le dije, suavemente, si pensaba impedírmelo él.

Trago saliva y se puso blanco. “No…es que…”

El sometimiento de los rorschachistas a los sucesivos DSM viene siendo tal que si uno mira las últimas tipificaciones del test se detecta un miedo tal a dar falsos positivos que están haciendo de la prueba algo trivial. A un tipo que cumpla los actuales criterios, por ejemplo, para el diagnóstico de esquizofrenia nunca se me ocurriría hacerle perder el tiempo administrándole el test porque sus síntomas serían evidentes hasta para un profano en psicopatología.

Venimos, hace años, asistiendo a un progresivo deterioro de la clínica en aras de un protocolo que pretende hacer desaparecer la subjetividad de nuestras prácticas, no es, pues, de extrañar que una buena parte de los pacientes acaben siendo el resultado de una deyección del sistema que no puede asimilarlos y para el que se han constituido en la piedra que hace chirriar los engranajes.

Siguiendo en la línea asilvestrada de decir aquello que me parece como consecuencia de una práctica de treinta años ya, y sólo por si a alguien le interesa, haré algunas observaciones.

En primer lugar podríamos decir que hay pacientes que quieren curarse y otros que lo que buscan es “que se les pase” (lo que quiera que sea). La cura, en su sentido original, etimológico, que en parte aún se conserva en catalán, es un proceso activo que refiere al cuidado. No existe, en lo que a nosotros atañe, una definitiva, el paciente en análisis ha de curarse a si mismo o quizá, mejor aún, de sí mismo.

En el test de Rorschach hay una proporción, la a/p que mide si el sujeto establece una relación entre lo que le pasa y lo que hace, y esto por lo que refiere a él como a los otros con quienes se relaciona, cuando dicha proporción no “sale bien” el primer objetivo del tratamiento habrá de ser establecerla o cualquier otro estará condenado al fracaso, este es el principal trabajo en lo que llamamos primeras entrevistas, no hay terapia, ni análisis, posibles sin esa reubicación subjetiva. Si el sujeto no se sitúa de manera diferente no hay modo en que ese mal-estar pueda modificarse si no es aplicando lenitivos químicos, legales o no, según condiciones de mercado, ya que hablamos de ubicación se pasa del mal-estar al estar colocado, o puesto, que también se dice.

Una buena amiga médico me decía comiendo, ahora hace un año, que trabajaba de camello en un centro de salud.

Una gran cantidad de veces el paciente que solicita tratamiento es el menos loco de su familia o entorno, es decir, tiene los recursos bastantes como para tomar conciencia de que las cosas no van bien y la suficiente fortaleza en el Yo como para poder soportar, aunque sufriendo mucho, la angustia y sus derivados sin hacer pasajes al acto o al delirio como única respuesta posible.

El tratamiento de estos pacientes va a verse dificultado o saboteado en gran medida por el resto de los miembros de su constelación familiar y con mucha frecuencia se encuentra ante la disyuntiva de abandonar el tratamiento o el grupo familiar o, al menos, tomar distancia y poner limites para con éste.

El paciente viene a la consulta para poder perder y nuestro trabajo es en buena parte acompañarlo en ese proceso. Perder lastre es conveniente pero muy a menudo nos vemos asiendo, como un clavo ardiendo, al muerto que nos arrastra al fondo.

Cuando alguien dice que se siente inseguro o que no se fía de los demás, la falta de confianza en uno mismo o en los otros, casi siempre es falta de seguridad respecto al propio deseo y ésta se debe a que el deseo tiene un precio, el coste que implica el acompañamiento por parte del analista, pesado éste como una especie de asesor al efecto, suele ser mínimo y una provechosa inversión pero, si de algo no se quiere saber, es de pagar.

La dificultad de tomar decisiones no viene dada por aquello por lo que quiera que se opte sino por aquello otro a lo que se ha de renunciar. A menudo algo de valor imaginario, del orden del amor. Propio.

Ahora que está la crisis en boca de todos cupiera recordar que es un término que refiere a la idea de juicio, de toma de decisiones. Es muy popular la de los 40, la que se relaciona con aquello que decía el tango, “que veinte años no es nada”, “fa vint anys que tinc vint anys” que dijo Serrat y, lo que es más grave, en otros tantos sesenta y eso son palabras mayores. Aunque cuando los miras de cerca no parecen tan fieros. Tomar conciencia de la finitud, de que el tiempo pasa y es inexorable nos afecta, sin embargo, y mas allá de algunas gilipolleces que se puedan hacer por el miedo, ésta no es una crisis determinante; la verdaderamente grave acontece alrededor de diez años antes, es la de los 30.

Durante la década que va desde la salida de la adolescencia hasta la treintena es el momento de adquirir saberes. La diferencia entre el saber y el conocimiento está en que para el primero se necesita meter el cuerpo, la experiencia real. Las cosas no (se) saben hasta que no se prueban, se tastan, se testan. Es el momento de abandonar muchos ideales, y esto hiere el amor propio, el narcisismo, de renunciar a algunos goces y eso incomoda. Muchos pacientes de psicoanálisis vienen a consulta para eso y en ese momento. Hay, en efecto, una pérdida de objeto, una pérdida real y la alternativa a la depresión que ello implica es la articulación, en la conversación con el analista, de un deseo decidido.

Muchas de las depresiones llamadas involutivas, las de la cincuentena o de la menopausia, en las mujeres, tienen que ver, precisamente, con el momento de hacer balance y comprobar el vacío dejado por una vida de alienación resignada. Quizá tampoco sea extraño este factor al aumento de casos de Alzheimer, cada vez más precoces, al que asistimos.

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Psicólogo Clínico Psicoanalista
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