De pedos y maldiciones

Con las maldiciones pasa como con los pedos, no importa a quien vayan dirigidas, ni siquiera si van para alguien en concreto, apestan a cualquiera que esté en las proximidades o incluso más, dependiendo de dónde sople el aire.

Alguien, cuando Renault sacó el modelo, dijo que un Twingo y un pedo se parecían en que sólo podían gustarte si eran tuyos.

Las, y los, hay de diverso tipo, desde la vibrante y atronadora, como traca valenciana, que amenaza catastrófico final a la de deslizar silencioso y tufo canino capaz de revolver al estómago más curtido. Conozco maledicentes sutiles, sigilosos y vomitivos. Cuesta localizarlos, a diferencia de los acústicos, a menudo sólo sabemos de ellos transcurrido un tiempo y por puro juego de deducción tras haber podido ubicarlos a nauseabundos escenarios como factor común.

En el juego político, pequeña perversión que me permito, he encontrado algunos notables pedorros, esto es casi un pleonasmo, porque notarse se notan, sobre todo porque, más temprano que tarde, acaban dejando rastros, derrapes y cagadas a su paso.

Cuando un pedorro se dedica a poner verde a alguno, sobre todo cuando lo argumenta con buenas razones y como si la cosa no fuera con él, empiezo a notar ese tufillo a bufa canina. El pedorro no se da cuenta de que sea a quien sea a quien está poniendo como chupa de domine es a mí a quien le está echando sus malos humos y su podredumbre y va a ser con él con quien, quiérase o no, van a asociarse tan excremenciales aromas. Procuro evitarlo, sé que mi ropa huele a tabaco, pues soy fumador empedernido, con eso tengo bastante, ninguna falta me hacen otros hedores, porque, creanlo o no, esos también se pegan. El pedorro da por sentado que si callas otorgas y bastante tengo con mis propios malos humos como para ir por ahí oliendo a la descomposición de otro.

Otra de las caracteristicas de los pedorros es el intentar reunirse en clubes o, al menos, rodearse de otros pedorros para así diluir sus propias pestilencias en las del resto. Cuando, cualquiera que sea el espacio, éste empieza a congregar pedorros alrededor de un bufador alfa siempre aparece un colectivo de apestados. Son los que acaban teniendo que salir de ese enrarecido ambiente y que, por supuesto, siempre son puestos de vuelta y media por los pedorros. Puestas así las cosas, es decir, rigiendo la ley del pedo, no caben sino dos alternativas, o ser apestado o ser apestoso.

Como tantas veces habré dicho, soy de lo más tolerante con los vicios, siempre que no me los quieran imponer, bastante tengo con los míos que no son pocos, ni pequeños… pero como decía Don Francisco de Quevedo y Villegas:

 

¿Cual hombre o mujer que canta,

si tiene cabeza cuerda,

a pies de coplas de mierda

hará pasos de garganta?

www.arturoalcaine.com

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Acerca de arturoalcaine

Psicólogo Clínico Psicoanalista
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