Fukushima mon amour

Son muchas cosas ¿Por dónde empezar? Quizá por la segunda ley de la termodinámica, el desorden siempre tiende a aumentar.

Leí un cuento de ciencia-ficción hace ya bastantes años, creo que se titulaba “Los obscuros años luz” de Brian Aldiss que decía que el grado de civilización puede medirse a partir de dos variables, la distancia que sus integrantes ponen entre ellos y sus excrementos y la cantidad de basura que se produce por habitante y año. Pocos pueblos se me antojan tan civilizados como los japoneses.

Hace unos años alguien me explicaba las ventajas de la cloración hidrosalina respecto de la convencional, no hay que echar cloro al agua, no se acumula cianuro para fijarla… sin embargo luego resultó que hay que gastar abundante electricidad para la hidrolisis en el proceso pero eso sí, los gases o los isótopos radiactivos se vierten o se acumulan a cientos de kilómetros de tu piscina. Eso, decían en mi pueblo, es hacer un pan como unas hostias.

Un junguiano (prometo hablar mal de ellos en cualquier otra ocasión para conformar a algún que otro colega) diría que los dragones son un arquetipo que representa a la madre devoradora cuando lo inconsciente desborda las defensas del Yo y las fantasías incestuosas amenazan con tragarse al sujeto, solo la lanza del caballero, San Jorge sin ir más lejos, una vez que lo atraviesa, permite salir de aquel lugar a la virginal y amable damisela.

Los japoneses poblaron nuestro imaginario de dragones que escupían fuego radiactivo como Godzilla a lo largo de toda las posguerra.

El horror de Hiroshima delirantemente encerrado en unos armatostes de hormigón, las ballenas masacradas con la coartada de la investigación científica o los atunes del estrecho vendidos para sashimi antes de tocar tierra en Tarifa.

¡Ojo! Que nadie piense que nada de lo acaecido en Japón me place ni por un momento, amo la cultura japonesa, le debo mucho, el encuentro con el Karate y el Zen cambiaron mi vida. Pero sería ingenuo pensar que la barbarie de Hiroshima no iba a dejar su huella sobre el inconsciente de mucha gente, de unos, el imperio, en una suerte de psicopatía vomitiva que se permite soltar a los dragones sobre la faz de la tierra, otros, escarmentados perdedores, que juegan a mantenerlos encerrados en una especie de Parque Jurásico pero a lo bestia, y los demás que compramos las entradas para ver la función.

En la novela de Michael Crichton hay un momento, uno de los pocos que recoge la película de Spielberg, en el que se señala el sentido, el abuelo, ahora no recuerdo el nombre dice … “cuando recuperemos el control” y le responden “Ud. nunca tuvo el control”. No hay forma de dominar al dragón, a Godzilla.

Tradicionalmente se distingue al mago del brujo porque el primero pretende controlar los poderes del mas allá mientras que el segundo sabe que solo puede convocarlos. Fukushima, una vez más, nos ha destapado a unos hijos de puta de aprendices de brujo que se hacían pasar por magos.

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Psicólogo Clínico Psicoanalista
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