En el XX cumpleaños de Quidem (Escuela Aragonesa de Psicoanálisis Aplicado)

Hace algo más de dos mil años que la ética, la occidental al menos y que parte de la filosofía griega en la época helenística, presenta dos posiciones posibles a los humanos, la de los seguidores de Epícuro, ética que podríamos llamar de los bienes o de la búsqueda del bienestar, y la de los estoicos que en algunas ocasiones se decanta hacia la resignación moral y en otras hacia lo que podríamos, a estas alturas del post-lacanismo nombrar como una ética del deseo.

Por la época en que fundamos Quidem (Escuela Aragonesa de Psicoanálisis Aplicado), que ahora cumple 20 añitos, estaba yo enfrascado en el estudio de Séneca, de sus obras morales pero, también, de su trayectoria vital, de eso que hoy en día llamaríamos su perfil humano. Lucio Anneo Seneca se nos presenta como un personaje maquiavélico, de hecho sus propuestas anticipan en mil quinientos años las del pensador florentino, un hombre virtuoso si por virtud entendemos la fuerza de la voluntad para imponerse a cualquier tipo de tentación, incluidos los sentimientos, que le apartara de la consecución de sus propósitos, en su caso el poder absoluto sobre el Imperio que ejerció durante varios años con gran eficacia y criterio.

A Séneca se lo lee mejor con Maquiavelo que con Marco Aurelio quien en sus Meditaciones ofrece un lenitivo para los sufrimientos del alma de quien ha tenido que arrostrar y arrastrar la más pesada de las cargas, la primera magistratura del Imperio recibida como una herencia y no como un objeto de deseo. El primero, por el contrario,  da cuenta de cual es el estado de ánimo necesario para alcanzar los fines.

Tampoco el psicoanálisis se ha librado de estas dos posiciones, la ética lacaniana propone como salida de análisis un deseo decidido y, no en balde, Lacan propone como posible ejemplo de tal el de Goebels, otro brillante retórico que, como Séneca, manejaba a un loco que hacía el semblante del poder, y postula que el psicoanálisis no nos hace ni mejores ni peores sino que nos puede permitir, más allá del bien y del mal, decidir un por un deseo que no sea la pura repetición, el resto de los post-freudianos se decantan de una u otra manera por una ética de los bienes, del placer equilibrado podríamos decir.

Si Lacan publicó “Kant con Sade” donde demuestra la coincidencia, en última instancia, de la ética de ambos, cupiera proponer un “Lacan con Séneca o Maquiavelo” o “los post-freudianos con Epícuro y Lucrecio”; este último en “De Rerum Natura” pretende ayudar a aliviar la infelicidad que produce el temor a los dioses y a la muerte.

También cupiera hacer una lectura junguiana (prometo hablar mal de él en cualquier otra entrada para que me perdonen mis colegas psicoanalistas) de todo ello y pensar, siguiendo la teoría que expone en “Tipos psicológicos” que se trata de dos posiciones irreconciliables desde que tenemos constancia escrita de cómo los hombres piensan el mundo, la posición extrovertida vs. la introvertida.

Quidem en latín significa “con certeza” o “ciertamente”. Es una ironía que le pusiéramos ese nombre a la escuela, una ironía porque desde un primer momento tratamos de que fuera un espacio abierto donde los diferentes discursos psicoanalíticos pudieran encontrarse sin caer en esa solemne barbaridad que he escuchado a veces a algunos colegas post-lacanianos, de que hay que leer a no sé quien pero desde Lacan… C’est pas posible (Que dirían Tip y Coll llenando el vaso al revés).

No hay otra manera de leer psicoanálisis que no sea o desde el propio deseo o desde el síntoma y tampoco hay manera de leerlo que no sea junto con otros, cualquier otra versión, y como diría el mismo Lacan, es una pere-versión. Una versión del padre, una perversión.

Escuché un día decir a Fernando Savater en una conferencia que dio en el paraninfo de la Universdad de Zaragoza que la diferencia entre la pregunta filosófica y la pregunta científica es que mientras la última busca, y encuentra, respuestas la primera desata nuevas preguntas pero que son éstas la que nos hacen humanos, son preguntas humanizantes.

La certeza es propia de la paranoia, pues bien, desconfío, y mucho, como dice un amigo de Lloret, de quienes tienen teléfono directo con Dios. Estoy, ciertamente, bastante paranoico con ellos. Si en los últimos dos mil quinientos años no se ha cerrado la cuestión entre quienes prefieren una u otra de las posiciones, dudo mucho que, por bien traídos que sean sus argumentos lo haya hecho, como no sea para algo bastante perverso, ningún coetáneo. Creo que esa pregunta o cuestionamiento ético, respecto de cual sea mi posición como clínico, o cual haya de ser eso que se ha dado en llamar “la dirección de la cura” conviene que esté permanentemente en revisión, en supervisión y en análisis.

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Psicólogo Clínico Psicoanalista
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