En honor a la mentira

En uno de aquellos viejos cuentos baturros se explicaba que un andaluz le decía a un aragonés que la Giralda la levantaron en una semana a lo que el maño contestaba que eso no era nada, que sus paisanos hicieron el Pilar en un domingo. El andaluz protestó que eso era imposible y el buen baturro le contestó divertido:

– A ver si te piensas que tu me vas a engañar a mi y yo a ti no.

Una de las equivocaciones más comunes y que reporta mayores disgustos es la de confundir mentir con engañar, a menudo se escuchan gilipolleces que han pasado a ser como verdades de la sabiduría popular, una de ellas es la de que para ser un buen mentiroso hay que creerse las propias mentiras. Error, inmenso error.

Hay tres clases de mentirosos los que lo hacen por interés, los que lo hacen por miedo y los que mienten por vicio. Estos últimos son personas necesitadas de reconocimiento que gozan de captar la admiración de los demás a través de la difusión de historias y ficciones que a veces son inventadas y otras exageradas o alteradas, más o menos, para conseguir captar un efecto emocional y afectivo sobre los demás, si además redactan bien y tienen la suficiente constancia pueden llegar a publicarlas y a hacer de ello una profesión honorable como la de novelista, dramaturgo, periodista o alguna de sus variantes, menos honorables como la de periodista de la prensa rosa o tertuliano.

La mayoría de los malos mentirosos lo hacen por miedo o por vergüenza, reconocen en el otro, con acierto o no, la capacidad y el derecho a juzgarles y a sentenciarles y procuran ofrecerle una ficción acerca de sí mismos que no los haga acreedores de su repugnancia o de su odio. El otro lo llevan siempre consigo mismos y en realidad los juicios y sentencias que atribuyen a los demás no son sino la proyección de los que hacen respecto de muchas de sus acciones, sentimientos, deseos etc. Por eso resulta tan fácil creerse las propias mentiras, a esto los psicoanalistas lo llamamos represión. Muchas de estas vergonzosas mentiras son soportadas de buen grado por la colectividad, como en el conocido cuento del vestido nuevo del emperador.

Nada cabrea mas a un mentiroso que el ser proclamado como tal, toda la angustia se le transforma entonces en agresividad y la actitud suele ser la de indignación ofendida. Hace tiempo que he dejado de protestar las mentiras de la gente salvo que me paguen por ello, es más, supongo que me dedico a este oficio por eso en buena parte. El psicoanálisis se ocupa en gran medida de desengañar a las personas respecto de las mentiras que se hacen creer a sí mismas, lo que hagan después con su vida es asunto suyo.

Cuando un niño pequeño no sabe mentir tenemos que preocuparnos, se trata a menudo del sentimiento de que son transparentes y de que sus padres pueden conocer sus pensamientos como si fueran los propios, se trata de un experiencia psicótica. La capacidad para mentir va directamente ligada al sentimiento de propiedad respecto de la propia mente.

Un buen mentiroso no es aquel que se cree sus propias mentiras, todo lo contrario, es aquel que conoce las mentiras que los demás están dispuestos a creerse porque, de hecho, ya se las creen. Dosifica su arte con verdadera prudencia y evita desengañar a los demás de las ilusiones que los tranquilizan.

En honor a la mentira cabe decir que es a la vida civilizada lo que el aceite a los motores.

www.arturoalcaine.com

Acerca de arturoalcaine

Psicólogo Clínico Psicoanalista
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