Escándalo

Se decía, cuando yo era chico, que había mujeres guapas, feas y de Acción Católica (otra versión cambiaba esta última categoría por la de la Sección Femenina).

Hace agún tiempo, y a resultas de no sé que fiestas en discotecas en las que se subastaban chicas o se promovía que acudieran con minifaldas, salían por la tele diversos callos escandalizados por semejante ofensa a la dignidad femenina, hablando de sexismo y todas esas cosas de las que gustan llenarse la boca a falta de otros argumentos.

La diferencia sexual anatómica determina unos pasajes por el Edipo diferentes en las chicas y en los chicos y ello nos condiciona para que nuestro acceso al deseo discurra por caminos y atraviese problemas y vicisitudes a su vez bien distintas, dudo que mejores o peores, en la consulta encontramos más o menos la misma cantidad de hembras que de machos, pero desde luego siempre aparece en algún momento, tanto en ellas como en ellos, la fantasía de que si hubieran sido del otro sexo las cosas les hubieran resultado más fáciles.

Una de las propuestas lacanianas más epatantes es la de que “la relación sexual no existe”; ellas van a la misma en una mascarada y ellos en una impostura. Es la consecuencia directa de las diferencias a las que aludíamos antes en la travesía del complejo de Edipo. El deseo en los varones siempre se presenta con la mediación del fetiche más o menos, es aquello que nos permite soslayar la angustia de castración, baste observar la enorme variedad de modelos de lencería erótica que hay para las mujeres, o de peinados o como cambia, cíclicamente, la moda, la comparación con sus equivalentes masculinos resulta abrumadora, para ellas la cosa es distinta, el complejo de Edipo no se acaba de cerrar y corresponde a los varones hacer el semblante del padre protector a la vez que el de amante, es raro que una adolescente se fije en muchachos de su edad y son infinitamente más abundantes las parejas en las que él supera en años a ella que lo contrario. La mascarada y la impostura.

Las consecuencias son múltiples y generan algunas de las quejas  más típicas que nos toca escuchar en la consulta, por una parte muchas se encuentran frustradas de que ellos no las prefieran a esas otras superficiales, frívolas, coquetas etc. pero, por supuesto no están dispuestas a disfrazarse porque si las quieren ha de ser tal y como son… otras, tiempo después padecen el terrible desencanto de descubrir que han estado compartiendo techo y lecho con un extraño, que la persona con la que se casaron y tuvieron hijos era en realidad otro de quien ellas pensaban. Por parte de los neuróticos es frecuente no entender porqué ellas han de preferir a esos insensibles que hacen ostentación de su potencia a través de sus hazañas deportivas, de las rugientes motos que llevan entre las piernas o, simplemente, del dinero que están dispuestos a gastarse con ellas. Años después vienen con quejas del tipo “me trata como si tuviera que ser otro del que soy” o, una que me he encontrado con cierta frecuencia, sobre todo cuando la crisis de los cuarenta los conduce a la infidelidad (real o deseada) y a sus consecuencias, “es que me casé con mi mujer porque no era coqueta y me ofrecía resistencia, mientras que las otras me parecían unas putas, ¡maldita sea! quince años después sigue doliéndole la cabeza”.

La mayoría de las maniobras de seducción que despliega uno y otro sexo tiene más que ver con las fragilidades del otro que con las faltas propias, se trata de facilitar las cosas en realidad. Cuando una chica se pinta o un chico hace semblante fálico lo hace para permitir que el otro se le acerque, pueda desearlo sexualmente y que ese deseo se sobreponga a la angustia. Poco o nada tiene que ver el asunto con la dignidad de nadie, salvo, eso sí, de aquellos/as envidiosos/as para quienes resulta ofensivo reconocer ante si mismos/as que desean al otro, por que eso ofende su amor propio, su narcisismo, les hace sentirse menos si reconocen que algo del otro les hace falta.

A lo largo de los tiempos, al menos de los que me ha tocado vivir, se ha venido produciendo un desplazamiento de los argumentos de índole religiosa hacia los de la igualdad entre los sexos, lo políticamente correcto etc: sin embargo en una buena cantidad de los casos comprobamos cómo las misma clase de personas, quienes bajo los efectos de la envidia ponen buena parte de su libido al servicio del sadismo se valen de los mismos para tratar de imponer a los demás sus propios miedos y su odiosa forma de relacionarse con el otro por la que cualquier cosa que pueda promover el deseo y el deseo mismo, son considerados malos y amenazadores y en efecto lo son, para el narcisismo de todos aquellos a quienes molesta darle al otro el poder de hacerlos felices.

www.arturoalcaine.com

Acerca de arturoalcaine

Psicólogo Clínico Psicoanalista
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