Monstruos

Estos días, como cada tanto desde que los telediarios tienen que competir en las guerras de audiencia, nos vuelve a conmover el atroz comportamiento de un nuevo Amok, un muchacho, alemán en este caso, que ha terminado con la vida de otros quince. Baste pasar por el artículo correspondiente a este síndrome en la Wikipedia, para ver la frecuencia en los últimos años.

Compite en los noticiosos con los rescoldos, que muchos mantienen todavía activos, del último incendio mediático aquí en España, el asesinato de la joven Marta del Castillo. Éste y algunos otros casos avivan, a su vez, el nunca extinto debate acerca de la cadena perpetua y de la pena de muerte. Mientras tanto las (y los) tricoteuses de nuestros tiempos acuden a las puertas de los juzgados o de los domicilios de los imputados  a dar rienda suelta a sus peores sentimientos en una repugnante orgía de bilis y mala sangre. Lo que luego suceda, recordemos el vergonzoso caso de Dolores Vázquez, es indiferente, que “les quiten lo bailao”.

En el Siglo XVIII Cesare Beccaria inaugura la modernidad por lo que se refiere a la dogmática jurídica con su obra “De los delitos y las penas”. En este trabajo, por cierto prohibido por la Inquisición (aún Santa in illo tempore) en nuestro país ipso facto, comenta entre otras cosas que la pena de muerte es menos conveniente para la prevención del delito que la cárcel porque el espectáculo de las ejecuciones públicas dura poco tiempo mientras que la permanencia de los reos en prisión por mucho tiempo ejerce un efecto mucho mas permanente y continuado. Lo interesante del asunto es que se pasa de unos criterios retaliativos a otros preventivos, no es tan importante vengar los crímenes cometidos cuanto evitar que se produzcan otros en el futuro. No se trata tampoco de motivos humanitarios, de lo que se trata es de administrar el miedo, la intimidación, de la manera en que sea más eficaz para prevenir el delito.

No sé como sería mi comportamiento de verme en la piel de uno de esos padres, no quiero ni imaginármelo, pero puedo entender cualquier deseo de venganza en alguien que ha sufrido un dolor tan horrendo como estúpido, sin embargo el principal objetivo de las acciones judiciales debe estar orientado no tanto a brindar estas satisfacciones cuanto procurar que esos casos se repitan en el futuro lo menos posible.

Los casos de Amok y los de los psicópatas asesinos, con o sin abusos sexuales, son bien distintos pero algún factor común podemos extraer, sobre todo por lo que ser refiere a la ineficacia con la que son tratados por el actual sistema.

El mismo concepto de enfermedad trae consigo problemas, no es lo mismo ser portador del VIH que padecer de SIDA. En muchas de las patologías psíquicas no existe conciencia alguna de enfermedad atribuyéndose el sufrimiento a otros, también es frecuente que ese sufrimiento lo padezcan las personas del entorno, de una u otra manera, y no el paciente señalado, y, por fin existen comportamientos cuya valoración como patológicos, o no, depende, sobre todo, de modas ideológicas, morales, políticas etc. Sirva la homosexualidad como ejemplo de esto último.

Cuando estudiaba psicopatología en la facultad, el síndrome de Amok estaba clasificado junto con el del Wendigo, la licantropía y algún otro entre las enfermedades más o menos exóticas o raras y próximas a la paranoia y a la histeria en algunos de sus aspectos. Como sus propios nombres indican no se trata de cuadros ni de reciente aparición ni circunscritos a la sociedad occidental “bajo la influencia corruptora de la televisión y de las series norteamericanas” y tampoco es necesario disponer de armas de fuego de acceso fácil, el Amok, de hecho, era descrito como alguien que tomaba un cuchillo y salía desaforado a la calle a clavarlo a cuantas personas podía…

La mayoría de las paranoias pasan absolutamente desapercibidas hasta que el delirante no hace una crisis que le lleva a pasar al acto y, entonces, es demasiado tarde. Mientras tanto la conducta suele ser social y jurídicamente irreprochable. Pero a menudo avisan, aún más reciente que el caso de Alemania es el del anciano que ha matado en Murcia a una médico y herido a un auxiliar, eso sí, después de presentarse en el dispensario infinidad de veces los últimos días y de que no le fuera detectada, ni olisqueada, parece ser, la enfermedad o estado mental perturbado que padecía.

Por lo que se refiere a las psicopatías, que en nuestro entorno jurídico no constituyen ni siquiera un atenuante, junto con la impulsividad y la falta de empatía casi absoluta, podemos considerar un aspecto deficitario a la hora de poder tomar en consideración las consecuencias de sus acciones para sí o para otros. Son pacientes en los que se da el tipo de pensamiento llamado operatorio, no pueden representarse otra escena y piensan mientras hacen. Estas condiciones los hacen pacientes extremadamente difíciles aun para tratamientos llevados a cabo por expertos e imposibles para un sistema “rehabilitador” más basado en la pedagogía que en la clínica, de ahí el absoluto fracaso de las “bienintencionadas” políticas penitenciarias.

Ahora bien, ¿puede la justicia seguir siendo ciega? o, por volver al ejemplo del SIDA, ¿podría nuestro sistema permitirse dejar sueltos a sujetos que siendo portadores asintomáticos del VIH fueran a hacer lo posible por contagiarlo a otras personas?

Entiendo que se trata de un debate que está por hacer y que además por sus muchos aspectos e implicaciones no puede cerrarse, pero para quien no tiene forma de poder representarse los futuros años de cárcel si comete un crimen, ésta, sea perpetua o no, no tiene ningún efecto disuasorio. Tampoco lo van a tener las actuales medidas de rehabilitación. Y sin embargo se suele aplicando ese tipo de sanciones más como pago de una conducta que con otro propósito. La pena de muerte tampoco funciona, las estadísticas norteamericanas son rotundas en eso.

En tiendo que si de lo que se trata es de procurar un mayor estado de bienestar evitando estas tragedias, ello pasa por descartar de una vez la venganza de nuestra ética jurídica y hacerlo con todas sus consecuencias, es decir si un señor no puede estar en la calle por que es peligroso pues no está, y eso sin sentirnos culpables ni por nuestros deseos de venganza, ni por nuestra incompetencia a la hora de “curarlo” o “rehabilitarlo”. Eso sí, el precio es alto, requiere, como contrapartida, una gran inversión en recursos que no son las actuales cárceles ni los actuales programas de rehabilitación, con personal mucho mejor preparado para estos casos específicos que el actual… y todo eso cuesta una pasta.

www.arturoalcaine.com

Acerca de arturoalcaine

Psicólogo Clínico Psicoanalista
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s